domingo, 8 de mayo de 2011

Reencuentro.


Sus ojos lo habían visto casi todo, una profunda paz se reflejaba en su mirada jalonada a ambos lados de la cara por aquellos profundos y rugosos surcos. Cuantos momentos inolvidablemente hermosos contemplaron y cuantas veces se anegaron de lágrimas por la emoción y la tristeza.
Ahora estaba postrada en aquel frío lecho, rodeada de innumerables aparatos, sondas, y tubos, que con una cadencia obsesiva inyectaban vida a su venas y a un cuerpo que ya no reconocía como suyo. Eran las tres de la madrugada de no sabía que día, ni tampoco le importaba, en la penumbra de su habitación, en compañía de su soledad cerró los ojos tratando de recordar como pudo llegar hasta allí.
Se vio en su anticuado y pequeño piso del centro de la ciudad, estaba sola desde hacía seis años, cuando su marido no pudo sobrevivir al segundo ataque de su agotado corazón. A pesar de tener tres hijos, no quiso ser una carga para ellos ni abandonar el lugar donde vivió los mayores y mejores momentos de amor con su esposo. Todos los días se levantaba con el convencimiento de su serena presencia en cada una de las estancias, a veces hasta hablaba con él, pero no, no estaba loca, estaba y seguía enamorada.
Recuerda estar sentada en la cocina, saboreando su cotidiano café absorta en sus pensamientos cuando notó que le faltaba la respiración y se desvanecía, como pudo, amortiguó su caída al suelo y, arrastrándose pudo coger el avisador de emergencias para, casi sin fuerzas y perdiendo el conocimiento, pulsarlo.
Del resto no sabe nada más, solo que acababa de despertar en aquella habitación. Miraba a su alrededor escrutando detenidamente su entorno tratando de hallar algo humano en las sombras, pero el sillón para las visitas estaba tan vacío como la esperanza de que no fuera así.
No le extrañó y tampoco guardaba rencor a nadie, prefería estar sola para que nadie pudiera estropear lo que tanto tiempo había estado esperando.
Como pudo, con su poblada y lacerada mano derecha llena de agujas, buscó en su pecho una cadena colgada al cuello. Su marido se la regaló en su primer aniversario, luego, ella le había colgado un relicario el día de su muerte.
Con gran esfuerzo debido a su debilidad pudo abrirlo y extraer su contenido, era un mechón de cabello plateado que depositó en sus ya casi rígidos y fríos labios mientras pronunciaba un nombre, ..... Miguel.
Al instante se vio transportada a un lugar de blancura y paz sin igual donde unas manos y una voz, que pudo reconocer inmediatamente, tomaban las suyas mientras le susurraba:
¡¡Por fin juntos de nuevo, y esta vez para siempre mi amor!!.

1 comentarios:

Trini dijo...

El último reencuentro.

Llegar a esas alturas con esa fe es, al menos para mi, digno de envidia...

Abrazos