
Alberto no paraba de repetir "es el, que me tienta..., lo ves, no deja de hacerlo.....". Su tía no podía controlar la situación, eran las 12,30 de la noche y en aquella casa, donde hacía mucho tiempo no se oía la risa de un niño, estaban a punto de recibir la visita del vecino para exigir el sempiterno silencio acostumbrado.
Antes, los Reyes habían depositado en el gélido balcón de la casa los regalos que impacientemente esperaban tanto el como su hermana Laura.
En sus pequeñas e inocentes manos, el móvil (su primer y ansiado teléfono móvil) en la oscuridad de su habitación, no cesaba de iluminar sus brillantes y atónitos ojos al tacto de sus ligeros dedos. La impaciencia no le dejaba dormir, culpaba al propio artilugio de provocarle continuamente para volver a sus manos una y otra vez.
La tía tomó la salomónica decisión de separar a ambos, Laura dormiría con ella en su habitación y dejarían solo a Alberto para intentar que volvieran la calma y el silencio a la casa.
Cuando parecía que por fin el sueño que reinaba en la habitación contigua, acudía a su cansado cuerpo, un sobresalto luminoso le volvió a poner en guardia. Era un mensaje, resultaba increíble, en la pantalla de su móvil aleteaba un sobre amarillo pidiendo pulsar una tecla para mostrar su contenido. Sin pensarlo dos veces, con los ojos como platos, y una mezcla de admiración e intriga, pulsó "abrir".......
"Hola Alberto, soy el Rey Gaspar, perdona que te haya despertado pero es necesario y urgente que nos ayudes. De entre todos los niños de tu ciudad, te consideramos a ti el mas responsable y capacitado para una importante misión. En la puerta te espera uno de nuestros pajes para darte instrucciones".
No lo pensó dos veces, de un salto se puso en pié y se enfundó la mayor cantidad de ropa de abrigo que a medio oscuras encontró. Con las deportivas en la mano, y cual silencioso felino, se dirigió a la puerta de la vivienda para abrirla con el mayor de los sigilos.
El pasillo de la tercera planta de aquel inmueble estaba totalmente a oscuras. ¿Estaría soñando, sería una broma..?. No había terminado de pensarlo aún cuando se encendió la luz y un joven apareció junto al ascensor llamándole. Tras cerrar suavemente la puerta, y mientras apresuradamente se calzaba, Alberto fué a su encuentro.
Con voz susurrante este le dijo: "Me llamo Sacha, soy uno de los pajes del Rey Gaspar, este año con las prisas, se les ha olvidado llevar su regalo a una niña que vive muy cerca de aquí. Ya no pueden volver porque están muy lejos y, yo no conozco la ciudad, por lo que quieren que me lleves tu hasta su casa. ¿Estarías dispuesto....., quieres ayudarme?.
Casi mas como súplica que asentimiento, Alberto afirmaba repetidamente con su cabeza incapaz de articular palabra. Ni siquiera la fría ráfaga de viento que azotó su cara al salir del portal cogido de la mano de Sacha logró deshacer el nudo de emoción que tenía en su garganta.
La dirección que el paje le mostró escrita en una tarjeta con letras doradas le resultaba familiar. Efectivamente, se encontraba a tres manzanas de allí, solía pasar a la vuelta del colegio algunas tardes, pero nada especial había llamado su atención en ella.
Casi al final de su corto trayecto por la solitaria y dormida ciudad, Alberto reparó que el paje no portaba caja u objeto alguno que supusiera el regalo para la niña, no obstante no quiso hacer preguntas mientras palpaba su móvil en el bolsillo de su abrigo.
Era una casa de una sola planta, la puerta entreabierta dejaba atravesar la tenue luz de una lámpara antigua colgada del techo. Sin vacilar, el paje, terminando de abrirla a su paso, entró al interior seguido del intrigadisimo, orgulloso, y colaborador Alberto.
La escena que encontró en su interior fue tan inesperada y sorprendente que se quedó petrificado. Una preciosa y joven niña, aproximadamente de su edad se encontraba en medio de la estancia, vestida de blanco, su rubio pelo cogido con una cinta roja, con una sonrisa cautivadora y una carta entre sus manos que le ofrecía desde su silla de ruedas.........
Cuando pudo salir de su estupor, ajeno al tiempo transcurrido, se acercó hacia la joven y tomó la carta con delicadeza. Sin mediar palabra, se sentó al lado de ella y mientras miraba sus dulces y brillantes ojos, abrió el sobre. Para entonces el paje había desaparecido imperceptiblemente de la escena por el mismo lugar que había entrado.
Sin salir de su asombro comenzó a leer mentalmente la misiva:
"Hola, me llamo Natalia, estoy enferma, no puedo andar ni hablar. Salgo muy poco a la calle y aparte de ver la televisión, mi único consuelo es verte pasar por mi ventana cuando vuelves del colegio. Casi no tengo amigos y me gustaría que tu fueras uno de ellos, por eso le he pedido a los Reyes conocerte y hacértelo saber.............".
En este punto, al estar sentado y con el bolsillo medio abierto, se le cayó el teléfono al suelo, y tras el golpe, se vio recogiéndolo con preocupación por su posible deterioro, pero........ ¡un momento!, era el suelo de parqué de su habitación, bajo su cama, donde al parecer había estado soñando toda la historia de los Reyes, el paje y Natalia.
Se quedó pensativo boca arriba en el lecho mientras recordaba con ternura y emoción el sueño de esa noche de reyes tan ajetreada y nerviosa.
Cuando saboreaba el dulce y tierno desayuno que su tía le había preparado junto a su hermana, sonó su teléfono. Con aire de suficiencia y desparpajo miró la pantalla, abrió el mensaje recibido y leyó: "Hola Alberto, soy Natalia, anoche me encantó conocerte".
Antes, los Reyes habían depositado en el gélido balcón de la casa los regalos que impacientemente esperaban tanto el como su hermana Laura.
En sus pequeñas e inocentes manos, el móvil (su primer y ansiado teléfono móvil) en la oscuridad de su habitación, no cesaba de iluminar sus brillantes y atónitos ojos al tacto de sus ligeros dedos. La impaciencia no le dejaba dormir, culpaba al propio artilugio de provocarle continuamente para volver a sus manos una y otra vez.
La tía tomó la salomónica decisión de separar a ambos, Laura dormiría con ella en su habitación y dejarían solo a Alberto para intentar que volvieran la calma y el silencio a la casa.
Cuando parecía que por fin el sueño que reinaba en la habitación contigua, acudía a su cansado cuerpo, un sobresalto luminoso le volvió a poner en guardia. Era un mensaje, resultaba increíble, en la pantalla de su móvil aleteaba un sobre amarillo pidiendo pulsar una tecla para mostrar su contenido. Sin pensarlo dos veces, con los ojos como platos, y una mezcla de admiración e intriga, pulsó "abrir".......
"Hola Alberto, soy el Rey Gaspar, perdona que te haya despertado pero es necesario y urgente que nos ayudes. De entre todos los niños de tu ciudad, te consideramos a ti el mas responsable y capacitado para una importante misión. En la puerta te espera uno de nuestros pajes para darte instrucciones".
No lo pensó dos veces, de un salto se puso en pié y se enfundó la mayor cantidad de ropa de abrigo que a medio oscuras encontró. Con las deportivas en la mano, y cual silencioso felino, se dirigió a la puerta de la vivienda para abrirla con el mayor de los sigilos.
El pasillo de la tercera planta de aquel inmueble estaba totalmente a oscuras. ¿Estaría soñando, sería una broma..?. No había terminado de pensarlo aún cuando se encendió la luz y un joven apareció junto al ascensor llamándole. Tras cerrar suavemente la puerta, y mientras apresuradamente se calzaba, Alberto fué a su encuentro.
Con voz susurrante este le dijo: "Me llamo Sacha, soy uno de los pajes del Rey Gaspar, este año con las prisas, se les ha olvidado llevar su regalo a una niña que vive muy cerca de aquí. Ya no pueden volver porque están muy lejos y, yo no conozco la ciudad, por lo que quieren que me lleves tu hasta su casa. ¿Estarías dispuesto....., quieres ayudarme?.
Casi mas como súplica que asentimiento, Alberto afirmaba repetidamente con su cabeza incapaz de articular palabra. Ni siquiera la fría ráfaga de viento que azotó su cara al salir del portal cogido de la mano de Sacha logró deshacer el nudo de emoción que tenía en su garganta.
La dirección que el paje le mostró escrita en una tarjeta con letras doradas le resultaba familiar. Efectivamente, se encontraba a tres manzanas de allí, solía pasar a la vuelta del colegio algunas tardes, pero nada especial había llamado su atención en ella.
Casi al final de su corto trayecto por la solitaria y dormida ciudad, Alberto reparó que el paje no portaba caja u objeto alguno que supusiera el regalo para la niña, no obstante no quiso hacer preguntas mientras palpaba su móvil en el bolsillo de su abrigo.
Era una casa de una sola planta, la puerta entreabierta dejaba atravesar la tenue luz de una lámpara antigua colgada del techo. Sin vacilar, el paje, terminando de abrirla a su paso, entró al interior seguido del intrigadisimo, orgulloso, y colaborador Alberto.
La escena que encontró en su interior fue tan inesperada y sorprendente que se quedó petrificado. Una preciosa y joven niña, aproximadamente de su edad se encontraba en medio de la estancia, vestida de blanco, su rubio pelo cogido con una cinta roja, con una sonrisa cautivadora y una carta entre sus manos que le ofrecía desde su silla de ruedas.........
Cuando pudo salir de su estupor, ajeno al tiempo transcurrido, se acercó hacia la joven y tomó la carta con delicadeza. Sin mediar palabra, se sentó al lado de ella y mientras miraba sus dulces y brillantes ojos, abrió el sobre. Para entonces el paje había desaparecido imperceptiblemente de la escena por el mismo lugar que había entrado.
Sin salir de su asombro comenzó a leer mentalmente la misiva:
"Hola, me llamo Natalia, estoy enferma, no puedo andar ni hablar. Salgo muy poco a la calle y aparte de ver la televisión, mi único consuelo es verte pasar por mi ventana cuando vuelves del colegio. Casi no tengo amigos y me gustaría que tu fueras uno de ellos, por eso le he pedido a los Reyes conocerte y hacértelo saber.............".
En este punto, al estar sentado y con el bolsillo medio abierto, se le cayó el teléfono al suelo, y tras el golpe, se vio recogiéndolo con preocupación por su posible deterioro, pero........ ¡un momento!, era el suelo de parqué de su habitación, bajo su cama, donde al parecer había estado soñando toda la historia de los Reyes, el paje y Natalia.
Se quedó pensativo boca arriba en el lecho mientras recordaba con ternura y emoción el sueño de esa noche de reyes tan ajetreada y nerviosa.
Cuando saboreaba el dulce y tierno desayuno que su tía le había preparado junto a su hermana, sonó su teléfono. Con aire de suficiencia y desparpajo miró la pantalla, abrió el mensaje recibido y leyó: "Hola Alberto, soy Natalia, anoche me encantó conocerte".
3 comentarios:
Entre sueños y veras, ilusiones y utopías... Quién sabe en esos momentos lo que es real e irreal?
Creo que Alberto irá a comprobar si su sueño tiene base. De todas maneras, le queda el móvil y los mensajes. También así se da y recibe compañía.
Precioso cuento
Saludos
Que bonito....
Leyéndolo, al igual que a Alberto, con cada párrafo he sentido la misma intriga e impaciencia por saber como era el desenlace, de esta fantástica historia.
Un abrazo
Que bello sería volver a soñar la realidad de la infancia.
¿Porqué de mayores nos empeñamos en separar los sueños de la realidad en lugar de tratar de realizarlos.....?
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