
Allí estaba, en una situación y postura tan ridícula que nunca podía haber imaginado. La luna llena era su testigo y al mismo tiempo delatora....... Si no hubiera pretendido imitar la tradición americana que el día anterior había visto en una película hollywoodiense sobre Santa Claus, estaría tan agusto y calentito en la cama como lo estaba su mujer, totalmente ajena a lo que ocurría en el tejado de su nueva y cómoda residencia de aquella urbanización de lujo.
Cuando vio las imágenes de la película, se activó su imaginación y le pareció realmente original y aventurero poner en práctica el mismo método para hacer llegar los regalos de Navidad a su familia.
Fanático de todo lo relativo a lo que tenga su origen en los EEUU, decidió en un instante que por fin había llegado el momento de ver cumplido uno de sus sueños y, ya que no pudo lograrlo siendo niño, trataría de ser el protagonista principal para ver los ojos ilusionados e incrédulos de sus hijos en el momento crucial de su "entrada triunfal".
Lo que no pudo prever ni calcular fue la racanería del arquitecto que diseñó la vivienda en las medidas de aquella imprescindible y elevada parte del tejado. Tampoco el había ayudado a mejorar las posibilidades de éxito. Últimamente había descuidado su dieta, y el ajetreo del traslado le impidió continuar asistiendo al gimnasio, por lo que una mas que incipiente barriguita se había instalado alrededor de su cintura cual flotador acusador del que su mujer ya le había hecho alguna referencia no muy sutil, pero a la que el hizo oídos sordos muy seguro de que en breve controlaría de nuevo la situación. Ahora lamentaba no haberlo hecho ya, sobre todo cuando se le aproximó aquel estilizado y negro, (no podía ser de otro color dada su situación) gato joven y curioso que comenzó a girar a su alrededor tratando de cerciorarse de su total inmovilidad, ni siquiera podía auyentarlo con las manos, las tenía pegadas a su cuerpo tratando de empujar hacia abajo aquella "rodajita" de grasa que rodeaba su otrora tableta de chocolate.......¡que tiempos!....... para poder descender por lo que ahora veía como un largo y agobiante túnel. El joven gato se fue aproximando cada vez más, con un sutil y ágil brinco se instaló en el borde de su aprisionante chimenea, si, era una chimenea, típica y tópica en las mansiones americanas que parecen única y exclusivamente instaladas para ser el canal de entrada de Santa con los regalos de Navidad de toda la familia.
El gato, perpetrado de no se que aviesas intenciones, comenzó a juguetear con la blanca barba y bigotes clásicos del disfraz con el que iba camuflado, cuanto mas gestos y movimientos de cabeza con los que intentaba alejarlo realizaba, el gato entendía como incitación al juego al que estaba dispuesto a participar incondicionalmente.
El frío empezaba a hacer mella en su cuerpo, la soledad de la calle era total, no cabía la posibilidad de ayuda de ninguna clase, solo podía esperar que llegara la mañana, o que su mujer le hechara en falta y pudiera oír los ruidos que hacía con los pies en el conducto de salida de humos en el salón de la residencia, donde al menos tuvo la precaución de no haber encendido los leños que la adornaban.
El gato se volvía mas agresivo cada vez, como enfadado por no recibir atención ni gestos de participación por parte del atribulado aprendiz de Santa Claus. Pronto comenzó a lanzar zarpazos fuertes y malintencionados sobre una barba que ya colgaba de su cara. Los zarpazos se hacían mas intensos y frecuentes hasta el punto de sentir daño en su cara, se agitaba sin parar, impulsaba y dejaba caer con fuerza sus piernas hacia abajo tratando de liberarse de su prisión, entonces ocurrió, no era su intención pero fue inevitable, contribuyó a ello la cena de esa noche, coliflor con una rica salsa rosada, lo que le proporcionó una gran acumulación de gases que al ser evacuados fuerte e inevitablemente, disminuyó su perímetro abdominal hasta el punto de desencajarlo de su prisión y hacerle caer hacia el fondo.
En aquel momento, tras abrir los ojos se vio en el suelo, al lado de la cama y a su mujer abofeteandole la cara y gritándole:
"¡Cochino, sucio, que falta de respeto!, no volverás a cenar tanto, no has parado de moverte, ni siquiera mis bofetadas te despertaban hasta que tras tu explosivo desahogo te has caído al suelo. Mañana, en el desayuno, hablaremos de tu nueva dieta.... y abre un poco la ventana para que se ventile el dormitorio..."
Medio aturdido, casi sin comprender aún que había sucedido realmente, aquel hombre se rascó la cabeza, miró a su alrededor, se calzó las pantuflas con desgana, abrió parsimoniosamente la ventana del dormitorio del humilde tercer piso de aquel humilde barrio y, mientras veía cruzar la solitaria calle de aquella oscura noche a un viejo gato negro dirigiéndose a uno de los cubos de basura, trató de recordar algunos momentos de la película americana, que medio adormilado había visto la noche anterior tras haber cenado copiosamente.
Cuando vio las imágenes de la película, se activó su imaginación y le pareció realmente original y aventurero poner en práctica el mismo método para hacer llegar los regalos de Navidad a su familia.
Fanático de todo lo relativo a lo que tenga su origen en los EEUU, decidió en un instante que por fin había llegado el momento de ver cumplido uno de sus sueños y, ya que no pudo lograrlo siendo niño, trataría de ser el protagonista principal para ver los ojos ilusionados e incrédulos de sus hijos en el momento crucial de su "entrada triunfal".
Lo que no pudo prever ni calcular fue la racanería del arquitecto que diseñó la vivienda en las medidas de aquella imprescindible y elevada parte del tejado. Tampoco el había ayudado a mejorar las posibilidades de éxito. Últimamente había descuidado su dieta, y el ajetreo del traslado le impidió continuar asistiendo al gimnasio, por lo que una mas que incipiente barriguita se había instalado alrededor de su cintura cual flotador acusador del que su mujer ya le había hecho alguna referencia no muy sutil, pero a la que el hizo oídos sordos muy seguro de que en breve controlaría de nuevo la situación. Ahora lamentaba no haberlo hecho ya, sobre todo cuando se le aproximó aquel estilizado y negro, (no podía ser de otro color dada su situación) gato joven y curioso que comenzó a girar a su alrededor tratando de cerciorarse de su total inmovilidad, ni siquiera podía auyentarlo con las manos, las tenía pegadas a su cuerpo tratando de empujar hacia abajo aquella "rodajita" de grasa que rodeaba su otrora tableta de chocolate.......¡que tiempos!....... para poder descender por lo que ahora veía como un largo y agobiante túnel. El joven gato se fue aproximando cada vez más, con un sutil y ágil brinco se instaló en el borde de su aprisionante chimenea, si, era una chimenea, típica y tópica en las mansiones americanas que parecen única y exclusivamente instaladas para ser el canal de entrada de Santa con los regalos de Navidad de toda la familia.
El gato, perpetrado de no se que aviesas intenciones, comenzó a juguetear con la blanca barba y bigotes clásicos del disfraz con el que iba camuflado, cuanto mas gestos y movimientos de cabeza con los que intentaba alejarlo realizaba, el gato entendía como incitación al juego al que estaba dispuesto a participar incondicionalmente.
El frío empezaba a hacer mella en su cuerpo, la soledad de la calle era total, no cabía la posibilidad de ayuda de ninguna clase, solo podía esperar que llegara la mañana, o que su mujer le hechara en falta y pudiera oír los ruidos que hacía con los pies en el conducto de salida de humos en el salón de la residencia, donde al menos tuvo la precaución de no haber encendido los leños que la adornaban.
El gato se volvía mas agresivo cada vez, como enfadado por no recibir atención ni gestos de participación por parte del atribulado aprendiz de Santa Claus. Pronto comenzó a lanzar zarpazos fuertes y malintencionados sobre una barba que ya colgaba de su cara. Los zarpazos se hacían mas intensos y frecuentes hasta el punto de sentir daño en su cara, se agitaba sin parar, impulsaba y dejaba caer con fuerza sus piernas hacia abajo tratando de liberarse de su prisión, entonces ocurrió, no era su intención pero fue inevitable, contribuyó a ello la cena de esa noche, coliflor con una rica salsa rosada, lo que le proporcionó una gran acumulación de gases que al ser evacuados fuerte e inevitablemente, disminuyó su perímetro abdominal hasta el punto de desencajarlo de su prisión y hacerle caer hacia el fondo.
En aquel momento, tras abrir los ojos se vio en el suelo, al lado de la cama y a su mujer abofeteandole la cara y gritándole:
"¡Cochino, sucio, que falta de respeto!, no volverás a cenar tanto, no has parado de moverte, ni siquiera mis bofetadas te despertaban hasta que tras tu explosivo desahogo te has caído al suelo. Mañana, en el desayuno, hablaremos de tu nueva dieta.... y abre un poco la ventana para que se ventile el dormitorio..."
Medio aturdido, casi sin comprender aún que había sucedido realmente, aquel hombre se rascó la cabeza, miró a su alrededor, se calzó las pantuflas con desgana, abrió parsimoniosamente la ventana del dormitorio del humilde tercer piso de aquel humilde barrio y, mientras veía cruzar la solitaria calle de aquella oscura noche a un viejo gato negro dirigiéndose a uno de los cubos de basura, trató de recordar algunos momentos de la película americana, que medio adormilado había visto la noche anterior tras haber cenado copiosamente.
