viernes, 24 de diciembre de 2010

Relato Navideño.


Allí estaba, en una situación y postura tan ridícula que nunca podía haber imaginado. La luna llena era su testigo y al mismo tiempo delatora....... Si no hubiera pretendido imitar la tradición americana que el día anterior había visto en una película hollywoodiense sobre Santa Claus, estaría tan agusto y calentito en la cama como lo estaba su mujer, totalmente ajena a lo que ocurría en el tejado de su nueva y cómoda residencia de aquella urbanización de lujo.
Cuando vio las imágenes de la película, se activó su imaginación y le pareció realmente original y aventurero poner en práctica el mismo método para hacer llegar los regalos de Navidad a su familia.
Fanático de todo lo relativo a lo que tenga su origen en los EEUU, decidió en un instante que por fin había llegado el momento de ver cumplido uno de sus sueños y, ya que no pudo lograrlo siendo niño, trataría de ser el protagonista principal para ver los ojos ilusionados e incrédulos de sus hijos en el momento crucial de su "entrada triunfal".
Lo que no pudo prever ni calcular fue la racanería del arquitecto que diseñó la vivienda en las medidas de aquella imprescindible y elevada parte del tejado. Tampoco el había ayudado a mejorar las posibilidades de éxito. Últimamente había descuidado su dieta, y el ajetreo del traslado le impidió continuar asistiendo al gimnasio, por lo que una mas que incipiente barriguita se había instalado alrededor de su cintura cual flotador acusador del que su mujer ya le había hecho alguna referencia no muy sutil, pero a la que el hizo oídos sordos muy seguro de que en breve controlaría de nuevo la situación. Ahora lamentaba no haberlo hecho ya, sobre todo cuando se le aproximó aquel estilizado y negro, (no podía ser de otro color dada su situación) gato joven y curioso que comenzó a girar a su alrededor tratando de cerciorarse de su total inmovilidad, ni siquiera podía auyentarlo con las manos, las tenía pegadas a su cuerpo tratando de empujar hacia abajo aquella "rodajita" de grasa que rodeaba su otrora tableta de chocolate.......¡que tiempos!....... para poder descender por lo que ahora veía como un largo y agobiante túnel. El joven gato se fue aproximando cada vez más, con un sutil y ágil brinco se instaló en el borde de su aprisionante chimenea, si, era una chimenea, típica y tópica en las mansiones americanas que parecen única y exclusivamente instaladas para ser el canal de entrada de Santa con los regalos de Navidad de toda la familia.
El gato, perpetrado de no se que aviesas intenciones, comenzó a juguetear con la blanca barba y bigotes clásicos del disfraz con el que iba camuflado, cuanto mas gestos y movimientos de cabeza con los que intentaba alejarlo realizaba, el gato entendía como incitación al juego al que estaba dispuesto a participar incondicionalmente.
El frío empezaba a hacer mella en su cuerpo, la soledad de la calle era total, no cabía la posibilidad de ayuda de ninguna clase, solo podía esperar que llegara la mañana, o que su mujer le hechara en falta y pudiera oír los ruidos que hacía con los pies en el conducto de salida de humos en el salón de la residencia, donde al menos tuvo la precaución de no haber encendido los leños que la adornaban.
El gato se volvía mas agresivo cada vez, como enfadado por no recibir atención ni gestos de participación por parte del atribulado aprendiz de Santa Claus. Pronto comenzó a lanzar zarpazos fuertes y malintencionados sobre una barba que ya colgaba de su cara. Los zarpazos se hacían mas intensos y frecuentes hasta el punto de sentir daño en su cara, se agitaba sin parar, impulsaba y dejaba caer con fuerza sus piernas hacia abajo tratando de liberarse de su prisión, entonces ocurrió, no era su intención pero fue inevitable, contribuyó a ello la cena de esa noche, coliflor con una rica salsa rosada, lo que le proporcionó una gran acumulación de gases que al ser evacuados fuerte e inevitablemente, disminuyó su perímetro abdominal hasta el punto de desencajarlo de su prisión y hacerle caer hacia el fondo.
En aquel momento, tras abrir los ojos se vio en el suelo, al lado de la cama y a su mujer abofeteandole la cara y gritándole:
"¡Cochino, sucio, que falta de respeto!, no volverás a cenar tanto, no has parado de moverte, ni siquiera mis bofetadas te despertaban hasta que tras tu explosivo desahogo te has caído al suelo. Mañana, en el desayuno, hablaremos de tu nueva dieta.... y abre un poco la ventana para que se ventile el dormitorio..."
Medio aturdido, casi sin comprender aún que había sucedido realmente, aquel hombre se rascó la cabeza, miró a su alrededor, se calzó las pantuflas con desgana, abrió parsimoniosamente la ventana del dormitorio del humilde tercer piso de aquel humilde barrio y, mientras veía cruzar la solitaria calle de aquella oscura noche a un viejo gato negro dirigiéndose a uno de los cubos de basura, trató de recordar algunos momentos de la película americana, que medio adormilado había visto la noche anterior tras haber cenado copiosamente.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Navidad.


Sus ojos nunca habían podido contemplarlo a pesar de su avanzada edad, Felisa se sentía incompleta cuando se acercaba la Navidad, un sentimiento de esperanza invadía su corazón cada año al llegar tan señaladas fechas que se transformaba en frustración cuando tocaban a su fin.
Desde su niñez había oído hablar de el, en la calle, en los medios de comunicación, entre sus amistades, la familia, todos apelaban y aludían a sus excelencias y, porque nadie sabía explicarle en realidad que era, entender y conocer el "espíritu navideño" se había convertido en su obsesión, también saber porque para los demás era tan accesible y para ella tan esquivo.
Había decidido que este año sería por fin el de su encuentro con el "espíritu navideño". Haría lo que nunca quiso poner en práctica anteriormente y que por vergüenza o sentido del ridículo no se atrevió, preguntaría, si, si, solamente se trataba de eso, preguntar. Algo tan fácil pero que a ella le resultaba embarazoso porque, era tan obvio para los demás hablar de ello, que temió ser tomada y mirada un año tras otro como la mujer mas rara del mundo.
Salió a la calle armada de valor y dispuesta a acabar con sus dudas para conocer por fin el "espíritu navideño". Se encontró con el pastelero y su respuesta hizo alusión a las dulces y sabrosas viandas preparadas en su horno para disfrute de las gentes, especialmente de los niños. El Alcalde, señalándole las brillantes luces que adornaban la ciudad, respondía a su pregunta. En la tienda de la esquina le señalaban su luminoso escaparate inundado de motivos navideños.
Pero Felisa volvió a su casa mas triste que nunca, no entendía ni podía admitir que algo tan material fuera lo que tanto anhelaba encontrar. Ni siquiera cuando el pudiente vecino del tercero le recordó que el sentaba un pobre a su mesa todos los años porque sabía que lo hacía para saciar su vanidad.
Aquella noche no pudo dormir con tranquilidad, la invadía la desazón y el desasosiego, era decepcionante el resultado obtenido después de tanta espera, se negaba a admitir lo que para los demás era tan evidente y sencillo.
Al día siguiente, ya sin ilusión, mientras volvía de su trabajo, en una esquina, encontró a un músico ambulante que con su violín alegraba la fría tarde a todos los transeúntes. Al pasar por su lado, casi sin querer, mientras depositaba una moneda en el suelo, le miró a la cara, percibió un brillo especial en sus ojos tras una mirada limpia y serena, con una media sonrisa cautivadora, el músico recogió la moneda del suelo y poniéndola de nuevo en la mano de Felisa le dijo:
"Gracias, muchas gracias señora, no estoy aquí para pedir dinero, solo pretendo hacer llegar mi música al corazón de la gente y saber que la reciben, esa será mi mayor recompensa y felicidad, ser útil a los demás".
Mientras guardaba la moneda, Felisa le sonrió de la forma mas tierna y cariñosa en que lo había hecho jamás para a continuación desearle desde lo mas profundo de su corazón:
"
!!Feliz Navidad¡¡".
Se alejó al son de la dulce melodía del violinista con la sensación de sentir la mas serena y relajante armonía en su interior.
Esa noche, antes de quedarse dormida plácidamente, pudo darse cuenta que por fin había comprendido que era el verdadero "espíritu de la Navidad". Cada persona lo entiende a su manera y en función de su evolución, pero el auténtico "Espíritu" está en nuestro interior, no esperando recibir, sino para darse a los demás a cambio de la satisfacción de ser útiles.

Pacientes lector@s, que el Espíritu Navideño llene vuestros corazones y satisfaga todas vuestras ilusiones.