
Detuvo el reloj de las inquietudes, guardó su silencio, y como pudo, ignorando las razones, consiguió sobreponerse a la soledad sin respuestas.
Seis años antes, la vida puso a prueba su entereza, quebró su mundo colmado de proyectos e ilusiones.
(Paradojas del destino; te hace probar la dulzura de la esquiva felicidad, y cuando aún no hemos empezado a saborearla, te la cambia por la amarga hiel de la desdicha. Y entonces nos preguntamos: ¿las cosas suceden por una razón, y la razón por la que suceden, tiene una causa, o son solo fruto de la casualidad?. Si habéis leído mi entrada sobre la causalidad, os habrá quedado claro que soy de la opinión de que todo ocurre por alguna razón, que los hechos suceden y está en nuestra mano y libre albedrío seleccionar uno u otro camino, y en función de esa elección nos surgirán nuevas posibilidades de crecimiento).
Abrió tímidamente, casi sin querer, una pequeña ventana para cerciorarse de que nada de lo que vería fuera la sacaría de su asumido convencimiento. No merecía la pena salir del cómodo cofrecito de nácar donde guardaba el tesoro de sus últimos recuerdos, y cuando estaba a punto de cerrarlo de nuevo para siempre, surgió una tímida luz distinta y distante que vibraba en otra frecuencia.
Al principio, y solo por curiosidad, sin convencimiento, prestó su atención hacia aquel punto. Poco a poco, sin darse cuenta y con todas las experiencias acumuladas, aprendió que su luz también sintonizaba con aquella. El tiempo fue limando reticencias, ambas se complementaban alumbrando mas intensamente el camino, se dio cuenta que solas no significaban nada, pero unidas no tenían límite, se necesitaban, eran soporte mutuo para seguir su destino. La soledad dejó de ser su refugio, quería e intuía que podía recuperar la felicidad arrebatada.
Podemos equivocarnos, pero al menos no nos quedará la duda de que hubiera ocurrido si no lo intentamos, y un instante de felicidad obtenido durante la experiencia, compensa el resto de una vida en la soledad de los recuerdos.
Seis años antes, la vida puso a prueba su entereza, quebró su mundo colmado de proyectos e ilusiones.
(Paradojas del destino; te hace probar la dulzura de la esquiva felicidad, y cuando aún no hemos empezado a saborearla, te la cambia por la amarga hiel de la desdicha. Y entonces nos preguntamos: ¿las cosas suceden por una razón, y la razón por la que suceden, tiene una causa, o son solo fruto de la casualidad?. Si habéis leído mi entrada sobre la causalidad, os habrá quedado claro que soy de la opinión de que todo ocurre por alguna razón, que los hechos suceden y está en nuestra mano y libre albedrío seleccionar uno u otro camino, y en función de esa elección nos surgirán nuevas posibilidades de crecimiento).
Abrió tímidamente, casi sin querer, una pequeña ventana para cerciorarse de que nada de lo que vería fuera la sacaría de su asumido convencimiento. No merecía la pena salir del cómodo cofrecito de nácar donde guardaba el tesoro de sus últimos recuerdos, y cuando estaba a punto de cerrarlo de nuevo para siempre, surgió una tímida luz distinta y distante que vibraba en otra frecuencia.
Al principio, y solo por curiosidad, sin convencimiento, prestó su atención hacia aquel punto. Poco a poco, sin darse cuenta y con todas las experiencias acumuladas, aprendió que su luz también sintonizaba con aquella. El tiempo fue limando reticencias, ambas se complementaban alumbrando mas intensamente el camino, se dio cuenta que solas no significaban nada, pero unidas no tenían límite, se necesitaban, eran soporte mutuo para seguir su destino. La soledad dejó de ser su refugio, quería e intuía que podía recuperar la felicidad arrebatada.
Podemos equivocarnos, pero al menos no nos quedará la duda de que hubiera ocurrido si no lo intentamos, y un instante de felicidad obtenido durante la experiencia, compensa el resto de una vida en la soledad de los recuerdos.
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