
Aunque es lo único seguro que sabemos nos tiene que suceder algún día, preferimos no hablar del tema; nos incomoda el solo nombrarla. Cuando somos jóvenes lo vemos como algo que sólo le sucede a los viejos y si le ocurre a una persona joven, o de nuestro entorno, lo vemos como una injusticia o un error del destino, incluso nos atrevemos a pedirle explicaciones a Dios echándole en cara su atrevimiento a llevarse un ser amado.
En el fondo del tema subyace el desconocimiento. Si supiéramos algo más sobre la muerte, podríamos superar la mayor parte de ese miedo. Tal vez las enseñanzas recibidas durante nuestra infancia y juventud por parte de la familia (llenas de tabúes), y la tradicional e interesada de nuestros guias religiosos, sea del color y nombre que se desee imaginar ó suponer la tal "religión", nos han hecho considerar a la muerte como la más terrible, horrible, temible e increíble de las desgracias que nos puede acaecer.
Imaginemos la oruga, a duras penas camina sobre sus frágiles patitas intentando esquivar todos los obstáculos y peligros que la acechan y rodean mientras busca su sustento, no sabe porqué, pero su instinto le dice que debe hacerlo. Cuando alcanza una relativa madurez, se encoge sobre sí misma y comienza a envolverse en hilos de seda que segrega su propio cuerpo. En una labor ímproba de esfuerzo conforme a su tamaño, termina envuelta en un hermoso capullo. Tras un tiempo, emerge una extraordinaria mariposa multicolor que a su vez deposita una semilla de la que volverán a nacer otras orugas.
La naturaleza se encarga de aleccionarnos continuamente, pero no queremos ver lo evidente. La muerte en el ser humano es como el paso de oruga a mariposa. Hemos de despojarnos de la envoltura imperfecta que rodea nuestro espíritu si queremos elevarnos en el plano superior, donde tras un tiempo de reflexión y examen de lo vivido dentro del cuerpo humano, sabremos si necesitamos una nueva encarnación o, si habiendo alcanzado nuestra alma las enseñanzas y condiciones necesarias, podremos ascender a otro más cercano a Dios donde nos serán encomendadas otras misiones mas excelsas.
Por tanto, no temamos a la muerte, es sólo despojarnos, en la mayor parte de los casos, de un cuerpo agotado, enfermo o inútil que nos ata a este mundo al que venimos para aprender. Sólo preocupemonos de sacar lo mejor de nosotros dándonos a los demás, no sólo con el ejemplo, para que aquellos que nos conocieron entiendan, o al menos, nos recuerden gratamente.
Finalmente, recordad que lo que vemos cuando miramos a alguien es su envoltura, no importa si es de mucho valor físicamente, lo importante es lo que contiene. El ser que lleva dentro puede tener un valor incalculable espiritualmente. Aprendamos a mirar en nuestro interior y en el de los demás.
En el fondo del tema subyace el desconocimiento. Si supiéramos algo más sobre la muerte, podríamos superar la mayor parte de ese miedo. Tal vez las enseñanzas recibidas durante nuestra infancia y juventud por parte de la familia (llenas de tabúes), y la tradicional e interesada de nuestros guias religiosos, sea del color y nombre que se desee imaginar ó suponer la tal "religión", nos han hecho considerar a la muerte como la más terrible, horrible, temible e increíble de las desgracias que nos puede acaecer.
Imaginemos la oruga, a duras penas camina sobre sus frágiles patitas intentando esquivar todos los obstáculos y peligros que la acechan y rodean mientras busca su sustento, no sabe porqué, pero su instinto le dice que debe hacerlo. Cuando alcanza una relativa madurez, se encoge sobre sí misma y comienza a envolverse en hilos de seda que segrega su propio cuerpo. En una labor ímproba de esfuerzo conforme a su tamaño, termina envuelta en un hermoso capullo. Tras un tiempo, emerge una extraordinaria mariposa multicolor que a su vez deposita una semilla de la que volverán a nacer otras orugas.
La naturaleza se encarga de aleccionarnos continuamente, pero no queremos ver lo evidente. La muerte en el ser humano es como el paso de oruga a mariposa. Hemos de despojarnos de la envoltura imperfecta que rodea nuestro espíritu si queremos elevarnos en el plano superior, donde tras un tiempo de reflexión y examen de lo vivido dentro del cuerpo humano, sabremos si necesitamos una nueva encarnación o, si habiendo alcanzado nuestra alma las enseñanzas y condiciones necesarias, podremos ascender a otro más cercano a Dios donde nos serán encomendadas otras misiones mas excelsas.
Por tanto, no temamos a la muerte, es sólo despojarnos, en la mayor parte de los casos, de un cuerpo agotado, enfermo o inútil que nos ata a este mundo al que venimos para aprender. Sólo preocupemonos de sacar lo mejor de nosotros dándonos a los demás, no sólo con el ejemplo, para que aquellos que nos conocieron entiendan, o al menos, nos recuerden gratamente.
Finalmente, recordad que lo que vemos cuando miramos a alguien es su envoltura, no importa si es de mucho valor físicamente, lo importante es lo que contiene. El ser que lleva dentro puede tener un valor incalculable espiritualmente. Aprendamos a mirar en nuestro interior y en el de los demás.
1 comentarios:
Que bonito, me ha llegado al corazón ;-), la analogía con la mariposa es preciosa.
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