En ciertos periodos de nuestra vida parece que el mundo que nos rodea se viene abajo. Cualquier cosa que nos ocurre directa o indirectamente resulta negativa y nos causa preocupación y desasosiego, nada nos sale, es como si la famosa Ley de Murphy se nos presentara con toda su rudeza y máxima intensidad. Por más que lo intentamos, una y otra vez el destino se muestra inflexible y nos zarandea sin piedad, somos un imán para los problemas y las complicaciones.
Miramos a nuestro alrededor y pensamos que no existe nadie mas desgraciado, envidiamos la suerte de aquellos que creemos afortunados y nos conformaríamos con estar en un término medio. Nos preguntamos porqué nos tiene que ocurrir precisamente a nosotros y que habremos hecho para merecer nuestra situación.
Los maestros orientales dicen que oponerse tercamente al destino nos causaría más dolor, que debemos ser pacientes y soportar con resignación las embestidas, conservar la calma y aplicar la inteligencia, hacerse flexible y dócil como el junco hasta que pase la tormenta. Asumen la dualidad de las situaciones del ser humano con los estados del Ying y el Yang como el camino necesario para nuestro crecimiento personal y espiritual.
Se confirma una vez más lo dicho en una entrada anterior sobre la necesidad que tenemos de aprender en cada una de nuestras existencias. Y resulta que mediante el dolor lo hacemos con más rapidez e intensidad que de un modo natural y tranquilo. ¿Debemos por tanto encima de lo que nos “llueve” dar las gracias y estar contentos de ser unos privilegiados? , tampoco se trata de eso. Habrá que mirar una vez más hacia nuestro interior, ir al principio, cuando aún no habíamos sido concebidos en un cuerpo humano, es decir, nuestro espíritu acababa de dejar su cuerpo anterior y hacia balance de esa vida terrenal. Tal vez no quedó satisfecho y se propuso en la siguiente unas condiciones más duras que le permitieran un progreso mayor, recuperar el tiempo perdido, y eligió encarnar en un entorno que le diera la oportunidad de avanzar mediante el sufrimiento propio o ayudando a mitigar el de los demás desinteresadamente. Recordemos el ejemplo del Maestro Jesús.
Amigos, si os sentís vapuleados por la vida actual, seamos como el junco y pensemos que “lo importante es tomar conciencia de que somos espíritus en evolución y que la única manera de elevarnos es dando Amor”.
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